De dos peligros debe cuidarse el hombre nuevo: De la derecha cuando es diestra, de la izquierda cuando es siniestra.
Mario Benedetti
Cada vez que veo a mi madre llorar cuando recuerda a mi papá, se me parte el corazón y pienso que no puede romperse más, pero después me doy cuenta que sí, sí se puede pues lo estoy sintiendo.
La observo sentada sin poder dar esos dos o tres pasos de distancia hacia donde está para abrazarla, temo que cuando eso suceda me suelte a llorar y llorar y llorar y no haya poder humano que impida que dejen de brotar las lágrimas de cocodrilo.
Escudriño respuestas en mi tristeza de café, y sólo encuentro interminables preguntas en busca de la salvación. La serenidad es producida por el humo, pero mis ganas son reprimidas por una promesa cautiva en un abismo de fragilidad; que es limitada por un autentico juramento ya impregnado de un olor a desahucio y un sabor a desanimo.
Mi amargo de vida, mi amargo de paladar desanimado; que ha forzado a mi cuerpo a un estado de confort efímero, que dura un suspiro y se perfila al camino de la mortalidad: la muerte en un instante del aire de esperanza.
La vida entera puede ser tan corta, el resto de mi vida ya prometido, el final anunciado en una compañía puede girar de rumbo, quizás sean esas curvas tan pronunciadas en las que me he aventurado a vivir, y este recto e insípido ser humano que no atesora ni siquiera un miligramo de sensacionalismo en su cuerpo.
Mi vaso derrama, o su vaso derrama…
Un mediodía de hace 2320 días mientras llegaba al centro de atención al público del cual estuve a cargo durante un evento, estaba sentado un joven (no tan joven), que vestía una camisa a cuadros negros y pantalón color caqui, con la cabeza recargada en su hombro y la cara pálida, apenas y podía moverse y hablar; al acercarme y preguntarle qué le pasaba, alzó su cabeza y cual fue mi sorpresa que con un par de enormes, brillantes y hermosos ojos negros me miró para responder: que le ayudara, que se sentía “muy mal”. Llamé inmediatamente a la persona encargada de primeros auxilios y el diagnóstico fue, deshidratación.
Lo primero que pensé es ¿qué persona se deshidrata en noviembre?, solamente una que no está habituada al extremoso Desierto Sonorense, y efectivamente ese joven azteca de procedencia sureña, tenía dos días en la capital del Sol y no resistió los 30 grados del invierno. Al día siguiente regresó para dar las gracias y pasarme sus datos.
Intercambiamos correos electrónicos y llamadas telefónicas durante unos meses, hasta que un día me encontraba bajándome de un avión en una ciudad desconocida, temblaba, tenía miedo, sentía angustia, y dentro de la multitud de emociones y personas lo único familiar que encontré fueron un par de enormes, brillantes y hermosos ojos negros de ese joven azteca; y con uno de los abrazos más cálidos y sinceros que he recibido, el color rosa me volvió a los cachetes, pude respirar normal y me sentí a salvo.
Ese joven azteca se convirtió en el príncipe azul con el cual sueñan las princesas, y es hasta la fecha una de las personas más extraordinarias y maravillosas que he conocido, a quien por mi inmadurez y egoísmo no fui capaz de valorar todo lo que me ofrecía. Desde que se marchó y en medio de las lágrimas he buscado en decenas de brazos, de besos y miradas aunque sea un poco de similitud a la magia que su sola presencia provocaba. Y estoy perdida, recordando ese par de enormes, brillantes y hermosos ojos negros. Sin valor para cruzar ese inmenso mar de distancia que nos separa, sólo para decirle:
soy la llama condenada a la hoguera de tu cruz
tú la sombra que devora lo que me queda de luz
llámame no me dejes aquí sola
sálvame dime si ya te perdono
castígame con tus caricias de oro
yo te dare mi corazón
entero te lo daré.
Bellísimo video elaborado por Michael Dudok de Wit titulado “Father and Daughter”, musicalizado por algún usuario de la web con la canción “From my hands” de VNV Nation (Victory not Vengance)
Esta combinación plasma justo como me siento y mucho más de lo que podría expresar yo con mis palabras.
En la siguiente liga podrán ver el video completo y en su versión original, cabe destacar que en el 2001 se llevó el “Oscar” como mejor corto animado.
En San Luis del Cordero (SLCD) uno de los 39 municipios que integran el Estado de Durango, (un pueblo bicicletero “terriblemente feo”, diría mi padre) nació a finales de la década de los 30´s, Socorro mejor conocida entre la familia y bautizada por mi fallecido padre como “La Choco”, apodo otorgado por su oscuro color de piel parecido al chocolate y porque como buena suegra a veces hacia “muy amarga” la convivencia.
La Choco fue la hija menor de cuatro mujeres que procrearon Rufina Marín y “Chico” Ruíz una adinerada y bien posicionada familia de antaño de SLCD, riqueza de la cuál sólo quedo el nombre gracias a las parrandas, “mujeres” y derroches que el bisabuelo Chico hizo durante sus “años mozos”. La Choco como buena hija de una familia con recursos económicos creció acostumbrada a no hacer nada, a pasar sus días entre el cuarto de costura y misa. Un día y antes de que cumpliera los 20 años a la Choco “se la roba” uno de los trabajadores de su casa. Un acontecimiento trágico que mancharía el “buen nombre” de la familia. Cuando todo el pueblo de SLCD se entera no tuvo de otra más que casarse con Gregorio “Goyo” Piedra, un simple peón de descendencia indígena tepehuana.
La Choco y Goyo duraron 40 años casados, en un matrimonio que se mantuvo en la violencia doméstica pero como “Dios” los casó para toda la vida, no se dejaban, se hicieron la vida imposible el uno al otro; cuando la Choco iba a sacar al Goyo de las cantinas a gritos, el Goyo llegaba a casa a “enseñarle a respetarle”, mientras la Choco se defendía con lo que tuviera en la mano, el Goyo iba a parar al hospital por las heridas, es por eso que tiene una cicatriz en el pecho por un cuchillo que la Choco le lanzaría en una de sus peleas. En ese lapsus de 40 años tuvieron 11 hijoas consecutivos de loas cuáles vieron crecer a 5 (3 mujeres y 2 hombres) debido a que los y las otroas 6 fallecieron en el parto o a los meses de haber nacido. Dejando la carga del cuidado de loas hijoas que iban naciendo a las hijas más grandes, recuerdo que mi madre (hija mayor) decía: es que tu abuela cuando no estaba recién parida, estaba embarazada y total que nunca se hizo responsable de cuidar a tus tíoas.
De pronto una tarde hace 13 años, llega la Choco a casa de mi madre a decirle: he dejado a tu padre, si seguimos juntos nos vamos a matar y yo no voy a dejar que ese “perro infeliz” me mate. El “perro infeliz” así le decía la Choco al Goyo así se refería siempre a él, el perro infeliz de tu abuelo, el perro infeliz de tu padre, el perro infeliz de su hijo… durante 12 años pasó temporadas en casa de los hijoas que quedaban vivoas, y no es que la presencia fuera desagradable pero la Choco no fue la típica abuela amorosa de los anuncios de televisión; la Choco era cabrona, mandona, grosera, arrogante, egoísta, conflictiva, manipuladora, chantajista, hipocondríaca; adicta al naproxeno, paracetamol y la coca-cola y muy telenovelera, casa a donde llegaba se convertía en un campo de batalla, eso sí en Navidad, te regalaba bufandas, gorros o suéter que se pasaba tejiendo todo el año. Sus frases célebres fueron: “yo no voy a dejar que ese perro infeliz me mate”; “necesito una coca-cola, traigo baja la presión“; “es mi vida, dejénme ver la telenovela“; “parezco una méndiga pidiéndote que me traigas comida“; “es que me tratan peor que la basura“; “yo he sido así toda mi vida; “pero allá arriba está Dios y te va a castigar por hablarme así”, “yo ya me quiero morir, estoy desprotegida sin tu padre”
La Choco falleció a los 30 días de haber sido sepultado mi papá, debido a que entró en un cuadro de depresión del cual nadie la pudo sacar, dejo de comer, de ver las novelas, de levantarse de la cama, lo único que repetía es que no entendía por qué si ella ya estaba “grande” no se había muerto antes, que ya había enterrado a más de la mitad de sus hijos y que ya estaba cansada.
Está por demás decir que desde que era una niña le tuve pánico a la Choco, nada más escuchaba que iría a casa o viceversa y quería llorar. Por eso siempre he agradecido al universo los padres amorosos que tuve y tengo.